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25 agosto 2018 ( 83 vistas )
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EL TOTALITARISMO Y LA TORTURA SOBRE LOS PUEBLOS

““El imperativo de no torturar debe ser categórico, no hipotético; la tortura es un mal absoluto, no relativo; no existen torturas malas o beneficiosas”
Ernesto Sabato

Uno de los momentos más siniestros de la literatura es la “habitación 101” de la novela 1984 de George Orwell. Es un lugar de tortura destinado a vencer el espíritu del prisionero. Los torturadores logran descubrir cuál es el miedo más grande que tiene la persona y lo utilizan en su contra. En el caso del protagonista, Winston Smith, es la aversión a las ratas.

Le colocan un casco, que es una jaula de ratas hambrientas, las cuales quedan separadas del rostro por una portezuela de metal. Lo amenazan con levantar la portezuela para que los roedores le desgarren los ojos y hasta entren por su cráneo. Ante ese terror puro, a Winston se le quiebran las últimas defensas. Confiesa crímenes que no ha cometido, denuncia a la mujer que ama y hasta termina amando al dictador, el Gran Hermano.

La aspiración del totalitarismo es dominar no solo los cuerpos; también las almas. Lograr que la mentira ideológica se convierta en una verdad en la mente de los dominados. No es solo obedecer, sino amar la obediencia, aunque sea irracional: dos más dos son tres.

A pesar de que 1984, una de las más famosas distopías es una ficción literaria, está basada en la realidad del totalitarismo del siglo XX, realmente es una caricatura del estalinismo, configuración política cuya infección en la realidad mundial no ha desaparecido.

Las purgas estalinistas

Alrededor del año 1937, sorprendieron al mundo los juicios de Moscú. Allí se juzgó a gran parte de la primera generación de bolcheviques. Muchos de ellos contaban con la gloria de haber sido héroes de la Revolución de Octubre y ocupaban altos cargos en el Partido Comunista y el gobierno. Destacan entre ellos los nombres de Zinóviev, Kámenev, Mrajkovski, Bujarin, Piatakov, Rýkov.

Se les acusó de los cargos más graves que puede haber contra el Estado: conspiraciones para atentar contra la vida de Stalin y otros dirigentes del Kremlin, así como complicidad con servicios de inteligencias de países extranjeros. Era difícil pensar que esos personajes podrían traicionar a la Unión Soviética.

Además de tales acusaciones, se agregaron otros cargos producto de mentes paranoicas. Se llegó a decir que sabotearon la producción: habrían mezclado la harina y la mantequilla con vidrio molido y clavos para crear terror entre la población. Lo paradójico fue que los propios acusados llegaron a reconocer tales crímenes, y se despreciaron a sí mismos con epítetos como “fascistas pérfidos” y “trotskistas degenerados”. Hasta llegaron a exigir la pena de muerte para sí mismos como forma de pagar sus pecados contrarrevolucionarios.

Los observadores internacionales estaban desconcertados. ¿Qué había sucedido en realidad? Los conocedores de la historia reciente del movimiento obrero no entendían cómo podían ser culpables de tales vilezas después de haber luchado desde la clandestinidad arriesgando sus vidas junto a Lenin, hasta triunfar con la Revolución bolchevique.

Por otra parte, ¿cómo podía ser posible que ellos formaran parte de un espectáculo tan lamentable de autohumillación? No entraba en la cabeza de nadie que pudiesen haber actuado presionados, pues eran personajes duros, que habían resistido las torturas de la policía zarista sin doblegarse. La gran pregunta era: ¿Cómo estos veteranos activistas revolucionarios podían llegar a culparse a sí mismos?

“La confesión” de Costa-Gavras

Una posible respuesta a esas interrogantes, la encontramos en la película La confesión (1970) de Konstantinos Costa-Gavras. El libreto estuvo a cargo de Jorge Semprún, basado en el libro autobiográfico de Artur London.

El argumento tiene como protagonista a Artur Ludvik, interpretado de forma memorable por Yves Montand. Estamos en 1951 y Artur es un leal comunista, héroe de la Segunda Guerra Mundial, quien se desempeña como viceministro de Relaciones Exteriores de Checoslovaquia. Artur percibe que lo espían miembros de la policía secreta. Toma la decisión de discutirlo con un grupo de sus amigos, los cuales también han alcanzado altos cargos gubernamentales. El grupo toma consciencia de que todos están siendo observados. Eso incluye al propio jefe de los servicios de inteligencia que lleva a cabo la vigilancia.

Un día, Artur es arrestado y encarcelado por una organización que se declara a sí misma “por encima del partido de gobierno”, y lo recluyen, en régimen de aislamiento, durante meses sin que se le informe el motivo. Es sometido a técnicas de lavado de cerebro, las cuales incluyen la privación del sueño, y es forzado a caminar de un lado a otro todo el tiempo. De esta forma, Artur es presionado para que confiese crímenes inexistentes, incluida la traición, y cebado con la perspectiva de indulgencia en la sentencia si coopera.

Seguidamente descubre que sus amigos han sido arrestados y lo están implicando en transgresiones contra el Estado. Luego de confesar sus imaginarias fechorías, Artur es preparado para una farsa de juicio público, la cual se transmitirá en vivo por radio y se exhibirá en cines. Sus captores lo entrenan para memorizar las respuestas preparadas de memoria. Para mejorar su aspecto después de años de maltratos, le dan comidas sustanciosas, inyecciones de vitaminas y lo someten a los rayos de una lámpara solar.

A pesar de que, en el juicio, Artur y sus colegas interpretan fielmente su papel, al final, los sorprenden con veredictos de condena a muerte o cadena perpetua. Los prisioneros entran en pánico y amenazan con apelar, pero sus abogados señalan que las condenas son solo para el beneficio del partido y no se aplicarán si no apelan. Los condenados comparecen ante el tribunal, por última vez, para aceptar sus condenas y renunciar a su derecho de apelación.

Después de una larga prisión, Artur y algunos de sus colegas son liberados y rehabilitados gradualmente entre 1956 y 1963. El resto, que no gozó de esa fortuna, es ejecutado y cremado. Luego sus cenizas son esparcidas a lo largo de una carretera. Al mismo tiempo, varios de los responsables de las torturas terminan enfrentando sus propias persecuciones, incluido Kohoutek, el interrogador de Artur. Tiempo después, Artur se encuentra con el degradado Kohoutek, quien intenta minimizar su papel en su tormento. Esgrime la vieja y cobarde excusa de que solo estaba siguiendo órdenes y nunca entendió lo que quería el partido.

Artur logra salir del país. Tiempo después, ya en 1968, ha completado las memorias de sus experiencias en cautiverio y regresa a Checoslovaquia para publicarlas. Para entonces, en medio de la Primavera de Praga, los elementos reaccionarios que orquestaron esta infamia habían sido expulsados del poder por parte del partido. Artur creía que el partido ahora deseaba exponer la verdad de lo que sucedió durante esos años. Desafortunadamente, llega a Praga justo cuando comienza la invasión de los tanques rusos y el Pacto de Varsovia a Checoslovaquia.

La confesión nos brinda el fresco de una tragedia individual que es la síntesis de un patrón que han sufrido los países totalitarios. El drama de Artur London y sus compañeros en Checoslovaquia es el mismo que se ha vivido en otros regímenes comunistas. En todos estos casos, está presente el pervertido método de destrucción de la personalidad de los prisioneros hasta hacerles confesar crímenes que no han cometido. Esto nos conduce a plantear el tema del significado real de la justicia en sistemas políticos como el Estado estalinista y sus epígonos.

La justicia como farsa

La periodista canadiense Naomi Klein afirma: “Puesto que el objeto de la tortura es destruir la personalidad, todo lo que comprende la personalidad de un prisionero debe ser sistémicamente robado: desde su ropa hasta sus creencias más queridas” (La doctrina del shock, 2007). Un método que mutile a una persona de su dignidad humana no puede ser justo.

La justicia es el valor más importante que tiene el ser humano. A la justicia se someten las ideas de libertad y la igualdad. La libertad debe ser justa, así como la igualdad. Cuando no hay justicia, la vida pierde su significado. Los totalitarismos se encargan de sacar del mundo la justicia. Las confesiones forzadas, de las que estos regímenes se han hecho maestros, es parte de esa caricatura de la justicia. De todas formas, los totalitarismos no pueden existir sin un remedo de ese importante valor para poder reforzar su deleznable sentido de la vida.

A pesar de que Stalin murió en los años cincuenta y la Unión Soviética se pulverizó a finales de los ochenta, existen otros herederos de sus métodos. La razón no ha derrotado todavía a la superstición ideológica: hay mucha tortura, violencia, maldad y opresión por derrotar. Mientras esto sea así, hasta que no triunfe plenamente la democracia, la dignidad humana seguirá siendo aplastada en sótanos y cuartos de tortura por aquellos que alguna vez dijeron venir a salvarnos como pueblos.

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